El tiempo


 

Dicen que el tiempo lo sana todo, que nos hace madurar, que pone a las personas en su sitio. Parece que, en general, todos le tenemos especial cariño. Pues bien, siento tener que ser yo quien os lo comunique, pero todo eso es MENTIRA. ¿Quereis saber qué es en realidad el tiempo?

El tiempo es aquello que pone fin a los buenos momentos, mientras que hace de vuestro aburrimiento algo largo y pesado. Que hace que sea “demasiado pronto para” hasta que, sin daros cuenta,  de repente sea “demasiado tarde para”. El tiempo es aquello que os hace inventar una excusa cuando llegáis tarde, así como aquello que hace que os manchéis la camisa con el café que tomáis mientras esperáis cuando llegáis temprano.  El tiempo es aquello que hace que os aparezcan arrugas, que enferméis y hasta que muráis.

El tiempo no espera a nadie, ¿por qué iba a hacerlo si nos odia? No hace más que jugar en nuestra contra. Una y otra vez, una y otra vez.

Dicen que el tiempo es oro. Si es así quedáos con mi tiempo, prefiero el dinero.

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Frivolidad

 

 

Me arden los hombros. Podría decir que es consecuencia directa de una larga sesión de sexo en una sauna y quedaría como un señor; ya que el sexo, como todos sabemos, está ahora de moda. Sin embargo, la verdad es que me he quemado con el sol.

Se que existen las cremas solares. Un maravilloso invento de la ciencia moderna que permite que nos tumbemos al sol sin el engorro de, cual serpiente, acabar mudando la piel. Pero seamos sinceros: ponerse crema a uno mismo es una de las sensaciones más desagradables conocidas en el mundo moderno. Las cremas no se inventaron para aplicárselas uno mismo, sino para que otra persona lo haga por ti. Podría decir que el guaperas de mi novio me la pone cada día (la crema) y quedaría como un señor; ya que tener un novio guaperas, como todos sabemos, está ahora de moda; pero estaría mintiendo. Ni tengo un guaperas, ni tengo un novio, y mucho menos las dos cosas.

Bien es verdad que podría haber permitido que otra persona me la pusiera. Sin ataduras ni compromisos. Pero como todo homosexual debo estar a la moda, y esto es tener un novio guaperas con el que practicar sexo, así como dejarme untar todo tipo de lociones carísimas de venta en El Corte Inglés -ya que en Fnac no hay sección de cosmética-. El problema es que este supuesto novio guaperas, como todo homosexual, debe estar también a la moda. Todos sabemos que mientras que el “morenazo íntegro” está de moda, el “morenazo albañil” pues no tanto. Y claro, los rayos UVA y la protección solar nunca se han llevado demasiado bien.

Las modas duelen, mi despellejada espalda da fe de ello. Pero ha merecido la pena. Ahora puedo decir orgulloso: soy un “fashion-victim”. Un término que añadiré a mi bio de Twitter -red social de moda entre homosexuales- junto a otros ya existentes como “bipolar”, “gay” y “monster”… Todos precedidos, por supuesto, de la manzanita de apple.

Os preguntaréis qué será de mi en los próximos meses. Podría decir que el futuro es impredecible y que no existe el destino, justo lo que yo pensaba hace dos años. Pero no, ya que resulta que creer en el destino está ahora de moda. Es por ello que he consultado con el tarot para poder seguir contando esta historia, mi historia.

Resulta que, según las cartas, tras el verano estaré de vuelta en la capital, ya morenito. Gracias a ello un chico guaperas se me acercará en Stardust, Cool o Supersonic (como sabéis, el tarot no termina de ser una ciencia exacta, de ahí que haya tres posibles lugares). Dicho chico me dirá que me quiere. Acto seguido practicaremos sexo durante toda la noche en los cuartos de baño de la discoteca en cuestión. Saldremos juntos. Durante nuestra relación tomaremos el sol en el Retiro, donde me echará cremita. También nos tatuaremos cada uno el nombre del otro en el cuello. Porque lo importante no es lo mucho que nos queramos el uno al otro, sino lo mucho que los demás piensen que lo hagamos.

Seremos felices durante toda una eternidad. Y una eternidad es algo así como mucho tiempo. ¡Puede durar hasta 6 meses!. Pasada la eternidad ocurrirá una tragedia: me saldrá un grano. Como es lógico mi futuro novio guaperas me dejará por ello. Lloraré por él toda otra eternidad… Y hasta ahí me ha contado el tarot. ¡Hay que ver la de cosas que saben unos trozos cuadriculados de cartón!

Al final todo es drama. Drama, drama y drama. La historia de mi vida. Qué os voy a contar, el drama está tan de moda…

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Como podéis imaginar, esta historia nada tiene que ver conmigo. Siempre me negué a seguir el estereotipo. La pregunta es: ¿Y vosotros?. Con ánimo de ofender.

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Alcohol

 

 

“Siente la noche, déjate llevar” nos dicen cada día las principales marcas de alcoholes. Letreros, carteles, spots de televisión… Sentir qué y dejarnos llevar a dónde. Si a lo que se refieren es a sentir un buen polvo y amanecer en un sitio desconocido creo que está sobrevalorado. El placer habrá desaparecido a los pocos minutos y al despertar ni siquiera recordarás qué pasó. Por otro lado, si la frase tiene un sentido más poético y espiritual, la cosa cambia, pero a peor. Y es que no hay nada más patético que ver a un borracho “dejándose llevar”. Pierde todo el respeto, toda la dignidad. Os puede parecer exagerado, seguramente porque cuando veis a vuestros amigos borrachos soléis estarlo vosotros también, pero os aseguro que desde unos ojos sobrios es algo realmente humillante.

Ese tropiezo tonto que nos tira al suelo, ese peculiar baile que nos marcamos aprovechando que estamos en el suelo, esos oscuros secretos que confesamos y que nadie debería saber, ese chico al que le tiramos los trastos de forma brusca y descarada, con el que acabamos enrollándonos, sin darnos cuenta de que se trata de un puto feo, o peor, de un puto gordo; y lo que es más humillante: fuimos nosotros quienes le tiramos caña.

El alcohol nos desata, nos desinhibe. Deseamos sentirnos como en un anuncio de Martini, pero no lo conseguimos. Y es que, una vez borracho, no hay manera de que nada, y cuando digo nada es nada, nos salga elegante. O al menos no para unos ojos sobrios. De hecho, me atrevo a afirmar de forma firme y rotunda que no es Martini sino limonada lo que beben en los anuncios. Y es que, como he dicho antes, no es posible mantener esa elegancia, esa clase… habiendo bebido.

Finalmente, después de toda noche de borrachera en la que uno se “deja llevar”, en su más abstracto sentido, llega el momento más crucial: el despertar al día siguiente. Si recuerda lo que pasó se hundirá en la más absoluta humillación, intentará llevarlo con dignidad, pero una vez observado por unos ojos sobrios todo es inútil. Si no recuerda, sin embargo, lo que pasó, entonces sufrirá lo que conocemos como resaca; ese maravilloso estado de malestar que aparece para decir: “aunque no te acuerdes anoche la liaste parda, y yo soy tu castigo”

Y es que ,en el fondo, todos (tú incluido) nos merecemos el castigo que Doña Resaca nos impone de vez en cuando. Un precio a pagar por esas decadentes noches de euforia interior y humillación exterior. Por creernos Martini, cuando la verdad es que no llegamos ni a Knebep. Con ánimo de ofender.

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Superficialidad


 

¿Recuerdas a ese chico que has conocido la noche anterior? Sí, ese al que prácticamente obligaste a apuntar tu número en su agenda y que dijo que te llamaría. Apenas han pasado 12 horas y ya te encuentras en tu habitación mirando el móvil. No suena, no suena. ¿Por qué no suena?. Móvil en mano te levantas y comienzas a dar vueltas por la casa. Sigue sin sonar. Te acercas al espejo, te observas detenidamente. ¿Tan mal estoy?, te preguntas. Te quitas la camiseta, adoptas la más forzada pose que conoces, vuelves a mirar. ¿Tan mal estoy? te vuelves a preguntar.

Llegados a este punto, yo te pregunto ¿Cómo es posible que ese misterioso chico que, entre copa y copa, conociste la noche anterior pueda, sin siquiera quererlo, agredir de tal forma tu autoestima? No hace falta que me respondas. Eres una persona débil, insegura y un tanto patética; lo se.

Han pasado 24 horas desde que le diste el número. Es tarde pero no puedes dormir. Te metes en la cama y no paras de dar vueltas pensando en ese chico. No me ha llamado, el mundo ya no tiene sentido, piensas.

Amanece, y como el 96% de los jóvenes, lo primero que haces es abrir Facebook. Una nueva petición de amistad, ¿Quién será, quién será?. Es él. Te lleva unos segundos asimilar la situación, justo lo que tardas en adoptar una tonta sonrisa. Acto seguida entras a su perfil con ansia. Abres el apartado Fotos en busca de las dos fotos que todo superficial busca como referencia: una foto en la que salga guapo y otra en la que salga sin camiseta. Tu sonrisa se va desvaneciendo con cada foto que pasas. Yo lo recordaba como más… guapo, te dices. La sonrisa se ha desvanecido por completo.

La situación ha dado un vuelco, mientras ayer mirabas fijamente al móvil incitándolo a sonar, ahora no paras de silenciarlo. Cual cuentagotas tu teléfono va anotando llamadas perdidas: 10, 20, 54… Puto feo, ¿por qué le di mi número?, te preguntas.

Y es que, en definitiva, eres uno de esos misteriosos seres conocidos como superficiales, y que tan de moda están hoy en día. Tienes tanta miopía que cuando miras a otra persona nunca eres capaz de ver nada más allá del físico. Lo mismo te ocurre cuando te miras al espejo. Pero,  ¿sabes qué?, te lo mereces. Con ánimo de ofender.

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Tips de Anoréxicas.


Estoy de vacaciones, y bien es verdad que el tiempo no es mi mayor aliado a la hora de escribir en estos momentos. Sin embargo, siempre podré dedicarle un pequeño momento a estos pequeños -esta vez sí- seres que se hacen llamar anoréxicas.

Un amigo, surfeando por la blogesfera, encontró una entrada sobre los tips (sí, tips, para que veáis las palabras tan cool que utilizan estos seres) más famosos de las anoréxicas. Como no tengo mucho tiempo, me voy a limitar a enseñaros las frases más brillantes que estos seres aceptan como fundamentales lemas para la vida.

-Lava tus dientes con bicarbonato después de vomitar para protegerlos.

Hombre, por lo menos se preocupan por su salud dental. Algo es algo.

-Si te ven más delgada sólo di: Es cierto, comeré más. No lo hagas, es sólo para despistar.

¡Qué ultraje, qué escándalo!

-Si te obligan por lo menos a probar un mordisco de la comida hazlo, pero párate en seguida y di que le falta sal, ve a la cocina y escupe en una servilleta.

Las servilletas no engordan. ¿Quién lo diría?

-Fuma un cigarro.

Tus pulmones te lo agradecerán.

-Cuando estés comiendo con más gente prueba el truco de la taza opaca: “Aparenta que estas comiendo y escupe la comida en la taza cuando aparentes estar bebiendo”.

¿Se fabricarán así los potitos?

-Intenta pasar bastante rato en la cocina para aparentar que comes, si nunca te pasas por la cocina tu familia sospechará, si ven que al menos te pasas de vez en cuando se tranquilizarán un poco.

Por fin entiendo la utilidad de las neveras con televisión.

-Cada vez que sientas hambre piensa en toda esa gente que se rió de ti por ser gorda.

Y en la que se reirá de ti por ser anoréxica.

-Si te tienes que hacer unos análisis de sangre, estos trucos te pueden servir para tratar de aparentar que estas bien: bebe mucha agua y bebe zumo y come algún yogurt el día antes del análisis y unas horas antes, toma bebidas isotónicas para incrementar el nivel de electrolitos.

¿Estás segura de que es al médico a quien estás engañando?

-Muérdete los labios

Por fin le veo utilidad al cacao con sabor a coca cola. Pero cuidado, que no es light.

-Si no puedes evitar la tentación, coge la comida que te haya apetecido, masticala muy muy despacio y escupela.

Si te escucharan los africanos…

-Disfruta la sensación de hambre. Eso significa que estás adelgazando!!

Es una sensación fabulosa. Para tumbarse al sol y disfrutarla cantidad. Felicidad en su estado más puro, vaya.

-Conectate con otras anas y mias.

¿El pueblo unido jamás será vencido?

-No te abrigues, cuando tienes frío, tu cuerpo consume un mayor número de calorías.

Vete al polo norte desnuda. Adelgazarás más rápido, te costará más trabajo encontrar comida… Incluso con un poco de suerte te comerá un oso polar, convirtiéndote así en mierda, que viene a ser en lo que te quieres convertir.

Anoréxicas. Mentes privilegiadas que disfrutan de la vida, no os extrañe que pronto os dedique una entrada completa, solo para vosotras. Y es que tengo mucho que agradeceros, ya que existencias tan patéticas como la vuestra son el carburante que alimenta este blog. Con ánimo de ofender.

Imagen: JessicaCasciotta via Deviantart

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Ryanair




Llegar al aeropuerto, hacer check-in, recibir una tarjeta de embarque, ser cacheado por un buenorro -quiero decir, un guardia civil-, embarcar con mi rechoncha maleta en mano, sentarme en un cómodo y reclinable asiento, recibir un tentempié, ser mimado por las preciosas azafatas… Oh, qué bonito es volar con esta… Espera, creo que me estoy confundiendo de compañía. Yo iba a hablar de Ryanair, no?

Ryanair es como un ex novio. Te trata tan mal que decides cortar, y a pesar de ello te lo sigues montando a la primera de cambio. Además, al igual que con un ex novio, y sin importar las veces que te lo hayas montado previamente, siempre aparece esa sensación de miedo y nerviosismo que precede al acto: Me la medirá esta vez? Habrá engordado? Pesará más de la cuenta?

Todavía recuerdo la primera vez que me lo monté con Ryanair. Yo era joven e inexperto, virgen de lo low cost. Un chico ingenuo que se acercó todo decidido al mostrador de facturación a por su tarjeta de embarque. Son 40€ por imprimir la tarjeta, me dijo la amable señorita. ¡Coño, si es verdad eso de que el precio la tinta está por las nubes!. Por fin comprendí por qué mi padre siempre se enfadaba cuando imprimía cosas serias e intelectuales de internet. Y por cosas serias e intelectuales entiéndase la lista de los Pokemon o un póster de Digimon a todo color.

Todo ex novio tiende a ser un tanto pesado. Ryanair, como tal, no se queda corto. Y es que en sus vuelos uno tiene dos opciones: ponerse unos tapones y rezar por quedarse dormido antes de que sea demasiado tarde o formar parte de lo que yo llamaría un vuelo temático.

Un vuelo temático consiste en un viaje extrasensorial dentro del vuelo en el que dejas de sentirte en un avión para empezar a sentirte en un mercadillo. “Perfumes, loterías, cigarrillos… No nos falta de nada señora, a unos precios de escándalo, no puede dejar pasar esta oportunidad”. Y tienen razón, sus precios son realmente de escándalo. Un paquete de cigarrillos cuesta más que mi billete. Realmente escandaloso.

Uno de los momentos más mágicos de volar en avión de Ryanair es aquel en el que se acerca la azafata y te pregunta amablemente si deseas algo. Le respondes “un té, por favor” y la muy caradura te dice que son 3€ (por agua hirviendo, en serio?). Querida, le dije que deseaba un té, no que deseara comprarlo.

Cutre, cutre y cutre. Desde sus colores hasta su trato al cliente. La gente lo nota, lo huele, lo presiente. Qué asientos más cutres, qué poco espacio y ¿no parece un poco endeble el avión? son los primeros comentarios que se escuchan en sus vuelos. Pero el comentario estrella, tan frecuente de escuchar y a la vez tan disparatado es: “¿No vibran mucho las alas? Yo creo que las de Iberia vibran menos…”. Y es que, la paranoia, uno de los principales efectos secundarios de esta aerolínea, ni siquiera aparece en las letras pequeñas

Al final no hacemos más que quejarnos al de al lado una y otra vez, pero siempre seguimos volando con esta compañía y permitiendo sus abusos. Con ánimo de ofender, Ryanair será cutre, pero nosotros también.

Foto: Michael O’Leary (presidente de Ryanair) haciendo el loquillo, para variar.

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Gordos

 

 

Gordos. Esas pequeñas -por decirlo de alguna forma- criaturas que nadan en la abundancia de la grasa y los carbohidratos. Se los ha conocido a lo largo de la historia con muchos nombres: anchos, rellenitos, de esqueleto amplio, entrados en carne… Pero por muy amplio vocabulario que tengamos y por muy políticamente correctos que seamos, todos -y digo todos, usted incluido- pensamos exactamente las mismas dos palabras cuando nos encontramos con uno: “Puto gordo”. Obeso y mórbido son palabras mayores, más ofensivas incluso. Sin embargo rara vez las pensamos. Somos crueles, pero no tanto.

La vida de un gordo, queridos lectores, y por extraño que les parezca, es muy dura. Comer es muy duro. Les pongo un ejemplo: pongamos a un gordo, físico a imaginación del lector, que se está comiendo una pizza en su salón.

Al principio todo son risas –jiji, jaja, grasas al poder-, hasta que de repente le cae una gota de grasa en la camiseta, justo a la altura del pezón derecho, El gordo piensa qué hacer. Su cerebro empieza a maquinar, a jugar con el álgebra, cálculos infinitesimales…. Y todo para llegar a la siguiente conclusión: si camino hacia la puerta de forma directa son 5 metros, sin embargo si paso antes por la habitación para cambiarme son 20.

¿Hace falta que les cuente qué decide hacer? Yo creo que no. Y ahora viene la parte más dura de todas: el encuentro con los amigos. Y es que, por muy amplio vocabulario que tengamos y por muy políticamente correctos que seamos, todos decimos exactamente las mismas palabras cuando nos encontramos a una persona con una mancha de grasa en el pezón derecho: “Puto gordo que eres, chaval”. La humillación sale a la luz. El gordo se deprime y se come una chocolatina, manchándose de chocolate el pezón izquierdo. La humillación ya no solo está a la luz, sino que ahora también es absoluta.

Con todo esto, el gordo acaba hundido en su propia grasa. Sin embargo, a pesar de todo, y esto es precisamente lo que los convierte en lo que son, no hacen nada para cambiar. Y es que ¿para qué ponerse a dieta pudiéndose comer un Kinder Bueno, mejor antidepresivo jamás fabricado por el hombre?

A muchos de vosotros se os estará encogiendo el corazón tras leer estas palabras, tras descubrir lo dura que es la vida de estos seres a los que tan injustamente insultáis y de los que tan malvadamente os reís.

Los más intuitivos incluso se preguntarán: ¿Cómo sabe este señor tanto sobre dichos seres?. ¿Será uno de ellos? se preguntarán algunos con pavor, otros preparando el dedo para soltar una cruel carcajada. Pues bien, debo reconocer que hubo un día en que se podría pensar que yo era uno de ellos. Un ser gordo y seboso al que decían “de uno en uno, por favor” cuando entraba a las discotecas. Un ser solitario que entraba el primero a un garito y miraba de reojo como tras de si colocaban el cartel de “aforo completo”. Sin embargo, con una férrea fuerza de voluntad y dejando atrás 10 kilos (Bon voyage!) puedo afirmar con total seguridad y confianza que no soy uno de ellos.

Por último, y esto va para los lectores que se encuentren en constante confrontación con la báscula, si tenéis el amor propio necesario para cambiar y la fuerza de voluntad requerida para hacerlo, no dejéis que nunca nadie os llame gordo. Sin embargo, aquellos que carecéis de dichas virtudes os tengo que decir, y con ánimo de ofender: sois unos putos gordos.

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